ME DESPERTÉ UNAS HORAS MÁS TARDE, sorprendida por la calidez del cuerpo junto a mí, que era decididamente más grande que el gato que usualmente se acurruca contra mi lado. Me di la vuelta con cuidado sobre mi espalda y lejos de Pedro para que yo pudiera verlo.
Podía verlo simplemente mientras las lámparas, junto con todas mis otras luces, continuaban resplandeciendo alejando la noche, luchando contra los malvados de esa horrible película.
Me frote los ojos e inspeccione a mi compañero de cama. Él yacía sobre su espalda, con los brazos doblados como si yo siguiera en ellos, y yo pensé en lo bien que se sentía dormir acurrucada con Pedro.
Pero no debería estar durmiendo acurrucada con Pedro. El cerebro lo sabía mejor. Los nervios estaban de acuerdo. Esa era definitivamente una situación muy, muy resbaladiza. Y pensé en las imágenes de escalar un resbaladizo Pedro que inmediatamente vinieron a mi
mente y estaban lejos de ser inocentes, las empuje a un lado. Aparte la mirada y note la maravillosa manta afgana terriblemente enredada entre sus piernas — y las mías, de hecho.
Había sido de su madre. El corazón se me rompía cada vez que yo pensaba en su dulce, tímida voz compartiendo esa pequeña perla conmigo. Él no sabía que yo había hablado con Josefina sobre su pasado, que yo sabía que sus padres ya no estaban con vida. La idea que él seguía aferrando a la manta afgana de su madre era inexorablemente dulce, y una vez más se me rompió el corazón abierto.
Yo era cercana con mis padres. Ellos seguían viviendo en la misma casa donde yo había crecido, en un pequeño pueblo al sur de California. Ellos eran estupendos padres, y los veía tan seguido como yo podía, es decir, en festividades y un fin de semana ocasional. Una típica veinteañera, yo disfruto mi independencia. Pero mis padres estaban ahí cuando los necesitaba, siempre ahí. La idea de que algún día tendría que caminar en esta tierra sin su ancla y orientación equivocada me hizo hacer una mueca de dolor, por no decir nada de perderlos a ambos solo a los dieciocho años.
Estaba contenta que Pedro parecía tener buenos amigos y como un poderoso defensor como Benjamín estaba atento de él. Pero lo más cercano como amigos y amantes podría ser, había algo acerca de pertenecer a alguien completamente que te daba raíces—raíces que a veces necesitas cuando el mundo lucha en contra tuyo.
Pedro se movió ligeramente en su sueño, y lo mire de nuevo. Él murmuro algo que no pude identificar bien, pero sonaba un poco como "albóndigas." Sonreí y deje que mis dedos se deslizaran en su cabello, sintiendo la suave seda revuelta en mi almohada.
Dios, el dio una buena albóndiga.
Mientras acariciaba su cabello, mi mente vagaba a un lugar donde las albóndigas fluían sin cesar y había pastel por días. Me reí para mis adentros mientras el sueño comenzaba a retornar, y me arrime para acurrucarme de nuevo. Mientras sentía la comodidad que solo unos calientes brazos de chico podía proporcionar, una pequeña alarma se encendió en mi cabeza, advirtiéndome de no acercarme demasiado.
Tenía que ser cuidadosa.
Claramente que ambos estábamos divinamente atraídos el uno al otro, y en otro espacio y tiempo, el sexo pudo haber estado sonando alrededor de la tierra y las veinticuatro horas del día. Pero él tenía su harén, y yo tenía mi hiato, por no mencionar que yo no tenía mi O.
Así que amigos podría quedar.
Amigos que compartían albóndigas. Amigos que se acurrucan. Amigos que se estaban dirigiendo a Tahoe muy pronto.
Me imagine a Pedro sumergiéndose en un jacuzzi con el Lago Tahoe extendido en toda su gloria detrás de él. Cual espectáculo era de hecho más glorioso quedaba por ver. Me recosté para dormir, despertando ligeramente cuando Pedro me acurruco un poco más cerca.
Y a pesar que era poco más que un susurro, lo oí. Él suspiro mi nombre.
Sonreí mientras recaía a dormir.
***
A la mañana siguiente sentí un persistente toque en mi hombro izquierdo. Lo aparte, pero continuo.
—Olaf, detenlo, estúpido—, gemí, escondiendo mi cabeza bajo las sabanas. Yo sabía que él no pararía hasta que lo alimentara.
Gobernado por su estómago, eso único. Entonces oí una risa distintivamente humana—tranquila y definitivamente no era Olaf.
Mis ojos se abrieron de golpe, y la noche anterior vino de nuevo en una carrera: el horror, el pastel, la acurrucada.
Estire hacia atrás con mi pie derecho, deslizándolo a lo largo de la cama hasta sentí que paro en contra de algo caliente y peludo. Aunque yo estaba ahora más que segura que nunca de que no era Olaf, toque con mi dedo, moviéndolo lentamente camino arriba hasta que oí otra risita.
—¿Wallbanger?— susurre, no queriendo darle la vuelta.
Como siempre, yo estaba despatarrada en diagonal sobre la cama entera, cabeza en un lado, con los pies prácticamente en el otro.
—El único—, una deliciosa voz susurro en mi oído.
Mis dedos y la Paula de Abajo se curvaron. —Mierda—. Me rodé sobre mi espalda para tomar el daño. Él estaba acurrucado en una esquina que mi cuerpo le había permitido. Mis hábitos de compartir cama no habían mejorado en absoluto.
—Estas segura que puedes llenar una cama—, señalo él, sonriéndome debajo de lo poco de manta afgana que le había dejado. —Si vamos a hacer esto de nuevo tendrá que haber algunas reglas básicas.
—Esto no va a pasar de nuevo. Esto fue en respuesta a una terrible película que nos impusiste a los dos. No más acurrucamiento—, dije con firmeza, preguntándome cuan terrible era mi aliento matinal.
Ahueque mi mano en frente de mi cara, respire y di una rápida aspiración
—¿Rosas?— pregunto él
—Por supuesto—. Sonreí con superioridad
Lo mire, exquisitamente arrugado en mi cama. Él sonrió con esa sonrisa, y suspire. Me permití un momento para disfrutar en una fantasía donde yo estaba rápidamente volteada y arrasada dentro de una pulgada de mi vida, pero sabiamente tome el control de mi zorra interior.
—¿Que si te asustas esta noche?— pregunto él mientras me sentaba y estiraba.
—No lo hare—, tire hacia atrás sobre mi hombro.
—¿Que si yo me asusto?
—Crece, niño bonito. Vamos a hacer café, y luego tengo que ir a trabajar—. Le pegue con mi almohada.
Él se deslizo fuera de la manta afgana, teniendo cuidado de doblarla y llevarla con él hacia la cocina donde él la puso suavemente en la mesa. Yo sonreí, pensando en él diciendo mi nombre en la noche. Lo que yo daría por saber que estaba pasando por su mente.
Nos movimos por la cocina con tranquila economía, moliendo granos, midiendo el café, vertiendo el agua. Puse el azúcar y crema en el mesón mientras él pelaba y cortaba en rodajas un banano. Yo vertí granola, él le puso leche y banano a los tazones para nosotros. En unos pocos minutos estábamos sentados uno al lado del otro en taburetes, desayunando como si lo hubiéramos estado haciendo por años. Nuestra simple facilidad me intrigo. Y me preocupo.
—¿Planes para el día?— pregunte, excavando en mi tazón.
—Tengo que ir a la oficina del Chronicle.
—¿Estás trabajando en algo para el periódico?— pregunte,
sorprendido por el nivel de interés que hasta yo podía oír en mi voz.
¿Estaría en la ciudad por un tiempo? ¿Por qué me importaba? Oh chico.
—Voy a pasar unos pocos días en un artículo sobre escapadas rápidas en el Bay Area—un tipo de impulso de fin de semana—, respondió él con la boca llena de banano.
—¿Cuándo vas a hacer eso?—pregunte, examinando las pasas en mi taza y tratando de no parecer demasiado interesada en su respuesta.
—La próxima semana. Partiré el martes—, respondió y mi estómago estaba revuelto instantáneamente. La próxima semana se supone que iríamos a Tahoe. ¿Por qué demonios mi estómago se preocupaba demasiado que él no fuera a ir?
—Ya veo—, añadí, una vez más fascinada por las pasas.
—Pero voy a estar de vuelta antes de Tahoe. Estaba planeando en solo conducir directamente allí cuando termine mi sesión de fotos—, dijo él, mirándome por encima del borde de su taza de café.
—Oh, bien, eso es bueno—, respondí en voz baja, mi estómago ahora estaba rebotando alrededor.
—¿Cuándo te diriges hacia ahí, de todas formas?— pregunto, pareciendo ahora estar estudiando su propio tazón.
—Las chicas estarán dirigiéndose con Nicolas y German el jueves, pero tengo que estar en la ciudad trabajando por lo menos hasta el mediodía el viernes. Voy a alquilar un carro y conducir hasta la tarde.
—No alquiles un carro. Voy a girar de paso para recogerte—, él ofreció, y yo asentí sin decir ni una palabra.
Con eso decidido, terminamos nuestro desayuno y miramos a Olaf perseguir una pieza perdida de pelusa alrededor de la mesa una y otra vez. No hablamos mucho, pero cada vez que encontrábamos nuestros ojos, ambos sonreíamos.
Clic. Clic. Clic.
¿Qué demonios fue eso?
Clic. Clic. Clic.
Oh no.
Me quedé paralizada en mi cama, todas las luces encendidas en todo mi apartamento.
Clic. Clic. Clic.
Tiré de las mantas más hacia arriba, cubriendo mi cara hasta mis ojos, que mantuvieron una vigilancia constante alrededor de la habitación. El Cerebro sabía que estábamos a salvo y seguros, pero también seguía reproduciendo escenas de esa terrible, terrible película, haciendo imposible el apagar por la noche e ir a dormir. Los Nervios tenían todo bajo llave, abriendo un camino ardiente de adrenalina por todo mi cuerpo. Odiaba a Pedro con cada fibra de mi ser en este momento. También deseaba que estuviera aquí.
Clic. Clic. Clic.
¿Qué fue eso?
Clic. Clic.
Nada.
Luego Olaf saltó sobre la cama, y yo gritaba como en un asesinato sangriento. Olaf hinchó su cola y me siseó, preguntándose por qué diablos mami estaba gritándole, estoy segura. El clic-clic-clic eran sus malditas uñas gatunas.
Mi teléfono vibró un instante después, sacudiendo la mesita de noche entera y provocando otro grito de mí. Era Pedro
—¿Qué diablos pasa? ¿Por qué estás gritando? ¿Estás bien? —gritó cuando contesté, y podía escucharlo a través del teléfono y a través de la pared.
—Trae tu culo aquí ahora, tú hijo de puta manipulador de películas de terror, —dije furiosa y colgué. Golpeé la pared y corrí para abrir la puerta. De la misma forma en la que había corrido los escalones del sótano cuando era una niña, y salí corriendo de vuelta a mi habitación, saltando los últimos metros y aterrizando en el centro de mi cama. Me envolví las mantas a mí alrededor y me asomé, esperando. Él tocó a la puerta, y escuché la puerta abrirse.
—¿Paula? —llamó.
—Aquí atrás, —grité. Triste de que me había reducido a esto, pero estaba agradecida de verlo.
—Traje pastel, —dijo con una sonrisa avergonzada—. Y esto, — añadió, sacando el afgano de detrás de su espalda.
—Gracias. —Le sonreí desde atrás de mi almohada de escudo.
Unos minutos más tarde estábamos en mi cama, cada uno
balanceando un plato y un vaso de leche. Habíamos estado muy llenos, luego demasiado asustados para comer pastel antes. Olaf y sus uñas fantasmagóricas se retiraron a la otra habitación después de rodar sus ojos hacia Pedro y mover su cola.
—¿Cuántos años tienes? —Le pregunté, interrumpiendo mi pastel.
—Veintiocho. ¿Cuántos años tienes tú?
—Veintiséis. Tenemos veintiocho y veintiséis años y estamos
aterrorizados por una película, —reflexioné, hurgando en un bocado.
El pastel estaba bueno.
—Yo no diría que estoy aterrorizado, —replicó él—. ¿Asustado? Sí. Pero sólo vine para hacer que dejaras de gritar.
—Y probar mi pastel, —añadí, guiñándole un ojo.
—Cállate, tú, —me advirtió, y luego siguió y probó mi pastel.
—Jesús, está bueno, —susurró, sus ojos cerrados mientras
masticaba.
—Lo se. ¿Qué pasa con las manzanas y los pasteles hechos en casa? ¿Hay algo mejor?
—Si estuviéramos comiendo esto desnudos, entonces sería mejor, — sonrió, abriendo un ojo.
—Nadie se está desnudando aquí, amigo. Sólo come tu pastel. — Señalé su plato con mi tenedor.
Masticamos.
—Me siento mejor, —añadí unos minutos después, bebiendo mi leche.
—Yo también. No muy asustado.
Sonrió mientras tomaba su plato y lo colocaba en la mesita de noche.
Suspiré contenta y me recosté contra mis almohadas, saciada y menos asustada.
—Entonces, voy a preguntar… ¿James Brown? Quiero decir, ¿James Brown? —Se rió, y yo lo pateé mientras se recostaba a mi lado. Nos dimos la vuelta sobre nuestros costados para estar de frente, con los brazos debajo de las almohadas.
—Lo se, lo se. ¡No puedo creer que tú te aguantaste tanto como lo hiciste! Se que has estado muriendo por hacer bromas desde anoche.
—En serio, ¿quién es este tipo? —preguntó.
—Es un nuevo cliente.
—Ah, ya entiendo, —dijo, viéndose complacido.
—Y un antiguo novio, —añadí, observando su reacción.
—Ya veo. Nuevo cliente pero antiguo novio —espera, ¿el abogado? — preguntó, tratando de mantener su expresión neutral, pero fallando.
—Sip. No lo había visto en unos años.
—¿Cómo va a funcionar eso?
—Aún no lo se. Ya veremos.
Realmente no sabía cómo iban a ir las cosas con James. Me alegré de verlo, pero iba a ser difícil mantener las cosas profesionales si él quería más. En el pasado él había tenido más control sobre mí del que estaba cómoda de ceder. Me encontré a mí misma absorbida por el tirón gravitacional que era James Brown —el abogado, no el Padrino del Soul.
—De todos modos, sólo vamos a estar trabajando juntos. Va a ser un gran trabajo para mí. Él quiere que su lugar completo sea renovado. —Suspiré, ya planeando la paleta. Rodé sobre mi espalda y me estiré.
Realmente me había abusado de mi estómago esta noche y estaba comenzando a tener sueño.
—Él no me gusta, —dijo Pedro de repente, después de una larga pausa.
Me volví y lo vi frunciendo el ceño.
—¡Ni siquiera lo conoces! ¿Cómo podría posiblemente no gustarte? — Me reí.
—Simplemente no me gusta, —dijo, ahora dirigiendo su mirada a la mía y liberando el poder de esos azules.
—Oh, por favor, no eres más que un niño apestoso. —Me reí,alborotando su cabello. Paso en falso. Era muy suave…
—Yo no apesto. Tú misma lo dijiste que yo era como el fresco abril, —protestó, levantando su brazo y oliendo.
—Sí, Pedro, hueles delicioso, —dije sin expresión, oliendo el aire a mi alrededor.
Él dejó su brazo alto sobre la almohada, y yo sabía que si rodaba un poco podría deslizarme justo en el rincón. Él me miró, levantando las cejas ligeramente. ¿Estaba pensando lo que yo estaba pensando? ¿Quería que me acurrucara?
¿Yo quería acurrucarme? Oh al demonio con eso…
—Me voy a acurrucar, —anuncié y fui a acurrucarme: la cabeza acomodada en el rincón, brazo izquierdo sobre pecho, brazo derecho debajo de su almohada. Las piernas las guardé para mí —yo no era una total tonta.
—Bueno, hola allí, —dijo, sonando sorprendido. Luego se acurrucó a mi alrededor de inmediato. Suspiré de nuevo, envuelta en el vudú y el chico.
—¿A qué viene esto, amiga? —susurró en mi cabello, y me estremecí.
—Reacción tardía a Linda Blair. Necesito un poco de tiempo de acurrucarme. Los amigos pueden acurrucarse, ¿no?
—Claro, ¿pero nosotros somos amigos que pueden acurrucarse? — preguntó, trazando círculos en mi espalda.
Él y sus endemoniados dedos que hacen círculos.
—Puedo manejarlo. ¿Tú? —Contuve mi aliento.
—Puedo manejar cualquier cosa, pero… —comenzó, y luego se detuvo.
—¿Qué? ¿Qué ibas a decir? —pregunté, inclinándome para mirarlo.
Un mechón de cabello se salió de mi cola de caballo y cayó entre nosotros. Lentamente, y con mucho cuidado, él lo coloco detrás de mi oreja.
—¿Digamos que si estuvieras usando ese camisón rosa? Estarías en un montón de problemas.
—Bueno, entonces es algo bueno que sólo somos amigos, ¿verdad? —Me obligué a decir.
—Amigos, sí.
Él me miró a los ojos.
Yo aspiré, él sopló hacia fuera. Intercambiamos aire real.
—Sólo acurrúcame, Pedro, —dije en voz baja, y él sonrío.
—Ven de vuelta aquí, —dijo y me convenció para ir de vuelta a su pecho. Me deslicé, descansando donde podía escuchar los latidos de su corazón. Él dobló el afgano sobre nosotros, y noté de nuevo lo suave que era. Me había servido bien esta noche, este afgano.
—me encanta este afgano, pero tengo que decir que no calza realmente con tu apartamento —el motivo de chico genial que tienes, —reflexioné. Era anaranjado y verde y muy retro. Él estaba en silencio, y creí que tal vez se había quedado dormido.
—Era de mi mamá, —dijo en voz baja, y su agarre sobre mí se volvió infinitamente más fuerte.
No había nada que decir después de eso.
Pedro y yo dormimos juntos esa noche, con todas las luces en todo el lugar encendidas.
Olaf y sus uñas se mantuvieron alejados.
—Gah, —respondí, los ojos cruzándose un poco ante el sexo en dos patas que se mostraba frente a mí.
Él mordió. —Dulce. Dulce, Paula.
—Gah, —manejé de nuevo. El Cerebro sabía que esto era malo. El Corazón estaba latiendo fuera de nuestro pecho.
—¿Bueno para ti? —preguntó, esa sonrisa conocedora pisando peligrosamente cerca del territorio de la sonrisa de satisfacción.
—Bueno para mí, —respondí, en fuego después de la lamida de dedos. Estúpida tregua, estúpido harén. ¿A quién le importaba si no había un real O? Necesitaba estar en contacto con este hombre de la peor manera.
Mi pared sexual había sido golpeada, y cuando me preparaba para arrancarle la ropa de su cuerpo, tirarlo al suelo, y montarlo en medio de una pila de manzanas y canela sólo con un rodillo para guiarnos, mi teléfono sonó.
Gracias, Jesús.
Miré al demonio con ojos azules y me lancé al otro lado de la habitación, lejos del vudú revolvedor de cerebros. Vi su cara mientras corría, y el se veía un poco decepcionado.
—Chica, ¿qué vas a hacer esta noche? —Gritó Moni en el teléfono. Lo sostuve lejos de mi oreja antes de que la hemorragia comenzara.
Moni tenía tres niveles de sonido: Alto Normal, Alto Emocionado, y Alto Borracho. Ella estaba dejando el Emocionado y estaba en camino al Borracho.
—Me estoy preparando para cenar. ¿Dónde estás? —Pregunté, asintiéndole a Pedro que había comenzado a verter las manzanas en el molde del pastel.
—Salí a tomar con Sofia. ¿Qué estás haciendo? —Gritó.
—Te acabo de decir, ¡preparándome para cenar! —Me reí.
Pedro vino a la sala de estar con el pastel en sus manos. —¿Debería poner esto en el horno? —Preguntó.
—Espera, Moni. Aún no, aún necesito pasarle un poco de crema, —le dije, y él se metió de nuevo en la cocina.
—¡Paula Chaves, ese era un hombre! ¿Quién era? ¿Con quién vas a cenar? ¿Y a qué le estás pasando crema? —Me disparó, su voz cada vez más fuerte.
—Cálmate. ¡Dios mío, eres escandalosa! Voy a cenar con Pedro, y estamos haciendo un pastel de manzana, —le expliqué, lo cual ella inmediatamente le gritó a Sofia.
—Mierda, —murmuré cuando escuché el teléfono ser tirado lejos de Moni.
—Chaves, ¿qué estás haciendo? ¿Estás haciendo pasteles con tu vecino? ¿Estás desnuda? —Gritó Sofia, tomando su turno para molestarme.
—De acuerdo, no, y ustedes necesitan calmarse. Voy a colgar ahora,—grité sobre ella gritándome a mí. Podía escuchar a Moni gritar cosas sucias sobre pasteles y crema. Sofia estaba en medio de amenazarme con no colgarle, cuando justo hice eso.
Suspiré y fui a encontrar a Pedro, con sus manos llenas de pastel.
Aspiré a mi pesar.
—Oh, Dios mío, esto está tan bueno, —lloriqueé, cerrando mis ojos y perdiéndome con las sensaciones.
—Sabía que te gustaría, pero no tenía idea de que lo disfrutarías tanto, —susurró, mirándome con gran atención.
—Deja de hablar, vas a arruinarlo para mí, —gemí, estirándome y sintiendo como yo respondía a todo lo que él me estaba dando.
—¿Querías otra? —me ofreció, levantándose sobre los codos.
—Si me tengo otra, no voy a ser capaz de caminar mañana.
—Adelante, se una mala chica —te lo mereces. Se que la quieres, Paula, —bromeó, inclinándose más cerca.
—Está bien, —logré decir, abriéndosela de nuevo. Cerré mis ojos y lo escuché revolviendo algo antes de meterlo. Suspirando mientras lo sentí, cerré mis labios alrededor de lo que me ofrecía.
—Nunca había visto a una mujer que pudiera tener tanto en una sentada, —se maravilló, mirándome desatarme una vez más.
—Sí, bueno, nunca has conocido a una mujer a la que le gusten las albóndigas tanto como a mí, —gemí con la boca llena, sintiéndome llena más allá de la creencia, pero no queriendo que esta comida termine.
Pedro me había cocinado muy posiblemente la comida más perfecta, golpeando cada papila gustativa que necesitaba ser golpeada. Él había aprendido a hacer las albóndigas más increíbles de una mujer en Nápoles, y él había jurado que serían las mejores que había probado. Después de no menos de siete bromas sobre bolas y mocas, tuve que estar de acuerdo de que eran las mejores bolas que había tenido en mi boca.
Dios, él daba geniales albóndigas.
Luego procedí a comer casi medio kilo de pasta yo sola, así como todas mis albóndigas, más de la mitad de las de él. Insistí en que él comiera la última, pero se negó y trajo la perfección que era su albóndiga hacia mi boca dispuesta.
Pedro era un anfitrión excelente, insistiéndome que me sentara, bebiera vino, y que viera en vez de ayudar. Me entretuvo con historias sobre sus viajes mientras tenía todo listo, y mientras la comida era simple, era buena. —Nonni me hizo prometerle que si me mostraba como hacer su polpette sólo las serviría con su salsa especial. Si me atrevía a servirlas con un tarro de salsa marca Prego, ella cruzaría el océano para quebrar su cuchara de madera en mi espalda.
—¿Ella te hizo decirle Nonni? —Me reí, echándome hacia atrás en mi silla y desabotonándome el botón superior de los vaqueros. No tenía vergüenza. Había comido una cantidad obscena.
—¿Sabes lo que significa Nonni? —preguntó, sorprendido.
—Yo tenía una bisabuela italiana. Ella insistía que la llamáramos Nonni. —Me reí de nuevo cuando sus ojos fueron hasta mis manos que masajeaban mi estómago.
—¿Vas a estar bien allí? —Levantó las cejas mientras se levantaba para limpiar.
—Sip, sólo necesito respirar un poco. —Gemí, levantándome de la mesa.
—No, no, no tienes que ayudarme, —dijo, corriendo hacia mi lado y tomando mi plato.
—Oh, no, no lo iba a hacer. Iba a dejar esto y desmayarme en ese sofá justo allí, —dije, señalando hacia la sala de estar.
—Ve a relajarte. Cualquiera que acaba de tener tantas bolas en su boca merece un descanso, —bromeó, y yo le jalé una oreja.
—¡Dije que no más bromas sobre bolas! Ya tuviste tu diversión, ahora déjame ir a morir en paz. —Me arrastré hasta la sala de estar.
Realmente había hecho un pequeño cerdo de mí misma, pero estuvieron realmente buenas. Me recliné y abrí otro botón de mis vaqueros, relajándome en los cojines y reproduciendo algunos de los puntos más buenos de la noche.
Ver a Pedro cocinar fue, en una palabra, sexy. Él realmente estaba en la casa en una cocina, su alboroto sobre el pastel de antes a un lado. Incluso su ensalada —simple, verde y con aderezo de limón y aceite de oliva, sal, pimienta, y un buen parmesano —era fácil y perfecta.
—Sal rosa Himalaya, muchas gracias, —había dicho orgulloso, sacando una bolsa de su despensa. Él lo había traído de uno de sus muchos viajes y me hizo probar un poco antes de rociarlo sobre la ensalada. Pudo haber sido pretencioso, pero se ajustaba a Pedro. Las muchas facetas de este chico eran asombrosas. Mis primeros supuestos sobre él estaban probando que estaba completamente equivocada. Como los supuestos tienden a ser…
Podía escucharlo ocupándose de los platos, y tanto como
probablemente pude haber ido a ayudarlo, simplemente no podía sacarme del sofá. Me acurruqué en mi lado y miré alrededor de su sala de estar de nuevo, mis ojos volvieron a las pequeñas botellas de arena de todo el mundo. Me maravillé de qué tan viajero era, y cuanto él parecía disfrutarlo. Miré las fotos de la mujer en Bora Bora —su piel oscura y hermosa y los planos suaves de su cuerpo— y pensé sobre cuan diferentes eran las tres mujeres de su harén. Oops, hagan eso tres ahora que Katie/Spanx estaba con su nuevo hombre.
De pronto pude oler el pastel de manzana y escuchar el ruido metálico de la puerta del horno cerrarse. Yo lo había puesto en su horno tan pronto como vinimos así estaría listo para después de la cena.
—No te atrevas a servirme pastel ahora. ¡Estoy llena, te lo digo, llena! —Le grité.
—Tranquila, sólo se está enfriando, —me regañó, viniendo alrededor de la esquina desde la cocina—. Tienes que moverte un poco, hermana. Es hora de la película, —indicó, empujándome con su dedo gordo del pie mientras yo luchaba por sentarme recta.
—¿Qué es lo que vamos a ver?
—El Exorcista, —susurró, apagando la luz al final de la mesa y dejando la sala muy oscura.
—¿Estás jodiéndome? —Grité, inclinándome sobre él para encenderla de nuevo.
—No seas cobarde. Vas a verla, —siseó, apagándola de nuevo.
—No soy cobarde, pero está lo estúpido y lo no estúpido, ¡y lo estúpido es ver una película como El Exorcista con las luces apagadas! ¡Eso sólo es meterse en problemas! —Siseé, encendiéndola otra vez.
Estaba comenzando a parecerse a una discoteca aquí…
—Está bien, haré un trato contigo. Luces apagadas, pero —me hizo callar con su dedo cuando vio que iba a comenzar a interrumpirlo —si te asustas mucho, encendemos las luces. ¿Trato?
Yo seguía inclinada sobre él en mi camino a encender las luces de nuevo cuando noté lo cerca que estaba de su cara. Y el ángulo en el que estaba sobre él como una chica esperando a ser nalgueada. Y sabía que él era capaz de darme una…
—Bien, —resoplé mientras los créditos iniciales comenzaron. Regresé a la posición normal de sentada.
Él me sonrió triunfalmente y me dio un pulgar hacia arriba.
—Si me muestras ese pulgar una vez más te lo voy a morder, — gruñí, tirando de un afgano de la parte trasera del sofá y enroscándolo protectoramente alrededor de mí.
Un minuto en la película, y yo ya estaba asustada.
Estaba tensa a partir de ese momento, y cualquier idea que pude haber tenido sobre chicas siendo ridículas con los chicos cuando miraban películas de miedo se fue por la borda cuando Regan se orinó en la cena.
Cuando el sacerdote llegó para una visita, yo estaba prácticamente sentada en el regazo de Pedro, mi mano derecha tenía un apretón mortal en su muslo, y yo estaba viendo la película a través de los agujeros del afgano, el cual había colocado totalmente sobre mi cabeza.
—Realmente, literalmente, te odio por hacerme ver esta película, — susurré en su oído, el cual estaba justo en mi cara porque me negaba a dejar cualquier espacio entre nosotros. Yo incluso lo había acompañado al baño antes cuando tomamos un descanso. Él insistió en que me quedara afuera en el pasillo, pero me quedé de pie justo
afuera de la puerta, con los ojos mirando alrededor furtivamente, aún con el afgano sobre mi cabeza.
—¿Quieres que la detenga? No quiero que tengas pesadillas, — susurró de vuelta, sus ojos en la pantalla.
—Sólo no golpees las paredes por unas cuantas noches, por favor. No seré capaz de soportarlo, —dije, mirándolo a través de uno de mis agujeros.
—¿Has escuchado algún golpe últimamente? —preguntó, rodando los ojos como lo hacía cada vez que me miraba con el ridículo afgano en la cabeza.
—No, en realidad no. ¿Por qué es eso? —pregunté.
Él tomó aliento. —Bueno, yo —comenzó, y luego los ruidos más maniáticamente aterradores comenzaron a venir de la televisión, y los dos saltamos.
—Bueno, tal vez esta película es un poco aterradora. ¿Quieres sentarte más cerca? —preguntó, presionando el botón de pausa en el control.
—Pensé que nunca lo pedirías, —exclamé, lanzándome plenamente en su regazo y asentándome entre sus muslos—. ¿Quieres un poco de afgano? —ofrecí, y él se rió.
—No, puedo enfrentarlo como un hombre. Tú, sin embargo, quédate allí abajo, —bromeó.
Le entrecerré mis ojos a través de los agujeros y metí un dedo a través del tejido. —Adivina cuál dedo es este, —dije, moviéndolo hacia él.
—Shhh, película, —contestó, envolviendo sus brazos alrededor de mí y tirando de mí contra su pecho.
Él era cálido y fuerte y poderoso, pero absolutamente no puede competir con el terror que era El Exorcista. ¿De qué hemos estado hablando? Ahora no podía pensar en ninguna pared golpeada excepto la que Regan estaba golpeando actualmente y salpicando con sopa de guisantes. Miramos el resto de la maldita película enrollados uno alrededor del otro como pretzels, y él finalmente sucumbió a la falsa seguridad que los agujeros del afgano podían proporcionar.