miércoles, 30 de julio de 2014
CAPITULO 54
¿Necesitaba una O? Quiero decir, ¿era necesario para la vida? Estar cerca de Pedro, muy cerca de él, envolverme en sus brazos y sentir que se mueve dentro de mí, ¿era suficiente?
Por ahora, lo era. Lo amaba, ya verás…
—¿Quieres golpear mis paredes, Pedro? —me reí.
—No tienes ni idea —prometió, y me arrugó el delantal mientras suspiraba y eché mis brazos encima de mi cabeza.
Me lancé hacia atrás, con una sonrisa gigante en mi cara.
Pasaba sus dedos encima de mi estómago, mis caderas, mis muslos, finalmente alcanzándome.
Después de un pequeño empujoncito, abrí mis piernas. Se lamió los labios y cayó de rodillas.
Me tocó y saboreó como lo hizo en España, pero era diferente. Seguía siendo asombroso, pero era diferente.
Estaba relajada. Torciendo y girando sus dedos, encontró ese punto, que hizo que arqueara mi espalda y mis gemidos fueran profundos. Gimió dentro de mí, causando que me arqueara otra vez, sus labios y lengua encontrándome de nuevo. Mis manos buscaron mis pechos, y mientras él miraba me burlé de mis pezones, poniéndome más tensa.
Otra vez, tuve el gran honor de sentir su boca, su asombrosa boca, en mí. Mi cuerpo se tensó con el chisporroteo de energía que recorrió todo mi cuerpo, y luego me relajé otra vez. Comencé a sentir, realmente sentir todo lo que sucedía en el interior en ese momento.
Amor. Sentía amor. Y me sentía amada…
Aquí en este momento, en el que no había nada que ocultar, todo estaba en exhibición —y cubierto de material sucio— estaba siendo amada por este hombre. No un cuento de hadas, no olas chocando, no hay velas encendidas. Vida real. Una cuento de hadas de la vida
real y estaba siendo amada por este hombre. Y quiero
deciramaaaada por este hombre.
Lengua. Labios. Dedos. Manos. Todo dedicado a mí y a mi placer. Una chica podría acostumbrarse a esto.
Podía sentir la dulce tensión empezándose a construir, pero esta vez mi cuerpo lo recibió de una manera diferente. Mi cuerpo, en perfecta sincronía por una vez, estaba listo, y en mi mente, detrás de mis ojos cerrados, me vi a mí misma comenzar a acercarme al acantilado. En mi cabeza, me sonreí, porque sabía que esta vez iba a atrapar a esa perra.
¿Y luego? Las cosas realmente sorprendentes comenzaron a suceder. Largos dedos magníficos presionando dentro de mí, torciéndose y curvándose, y encontrando ese lugar secreto. Los labios y la lengua rodearon otro lugar, chupando y lamiendo, pulsando y latiendo. Pequeños pinchazos de luz comenzaron a bailar detrás de mis párpados, intensos y salvajes.
—Oh, Dios… Pedro… eso es tan… bueno… no… pares… no… pares… Gemí fuerte, más fuerte, y luego más fuerte aún, incapaz de controlar los sonidos que estaba haciendo.
Era tan bueno, tan bueno, tan, tan bueno, tan cerca, tan cerca…
Y luego los gritos comenzaron. Y estos no eran míos.
Por el rabillo de mi ojo, me di cuenta de algún tipo de misil de carreras peludo por el suelo.
Como una especie de bomba, Olaf corrió hacia Pedro, dio un salto y se clavó en su espalda, atacándolo por detrás.
Pedro salió corriendo de la habitación y al pasillo, luego de vuelta otra vez, Olaf todavía seguía aferrado como una especie de gorra de piel de mapache rabioso que no se podía sacudir. Tenía sus brazos — ¿los gatos tienen brazos?— envueltos alrededor del cuello de Pedro de manera que en otras circunstancias habría parecido un abrazo adorable. Pero en ese momento, iba en serio.
Corrí tras ellos, desnuda excepto por el delantal, tratando que Pedro se calmara, pero esas diez garras excavaban más profundo, él siguió corriendo de habitación en habitación.
La ironía de que Pedro estaba literalmente, tratando de huir de un gatito no se me escapaba.
Si pudiera verlo de afuera, en lugar de estar involucrada, me hubiera hecho pis. Ahora estaba teniendo un momento difícil escuchando los gritos de Pedro. Realmente debo amarlo.
Finalmente, los atrapé en una esquina, giré en torno a Pedro, y me resistí la tentación de apretar su trasero, y solté a Olaf. Rápidamente me dirigí a la sala y lo deposité en un sofá con un golpe seco, dándole una palmadita en la cabeza como un gracias por la defensa, aunque era injustificada. Olaf respondió con un maullido orgulloso y
comenzó a lamer sus bigotes.
Volví a la cocina para encontrar a Pedro, todavía acurrucado contra la pared. Lo aprecié, sus ojos desorbitados mientras se apoyaba con la pared. Mi mirada se fue al inferior.
Increíble.
Él
Todavía
Seguía
Duro.
Vio mis ojos bajar por su cuerpo, lo que me recordó la primera vez que nos encontramos cara a cara. Asintió con la cabeza tímidamente.
—Todavía estás duro —solté, respirando con dificultad mientras intentaba una vez más desatar mi delantal.
—Seh.
—Eso es increíble.
—Tú eres increíble.
—Ah, joder —resoplé, abandonando el nudo.
—Sí, por favor.
Me detuve un instante y luego me giré en torno a la plataforma en un movimiento rápido. Salté al otro lado de la habitación, mi delantal volando detrás como una capa y me estrellé en él. Me atrapó y me envolví alrededor de él como una manta luchadora, lo besé con furia.
Mis uñas pasaron por su pecho y él jadeó.
—¿Tu espalda está bien? —pregunté entre besos.
—Viviré. Tu gato, sin embargo…
—Él es protector. Pensó que estabas hiriendo a mamá.
—¿Lo estaba?
—Oh no, todo lo contrario.
—¿En serio?
—Demonios sí —grité, deslizándome contra él, manipulando mi cuerpo contra el suyo, miel y azúcar lisa y arenosa entre nosotros.
Me arrastré por su cuerpo, deteniéndome para besar su punta. Lo derribé al suelo conmigo y lo volqué en su espalda con tanta rapidez que una nube de harina nubló el aire. Allí en medio de la cocina, desnuda con mermelada salpicando mis pechos, me senté a horcajadas encima de él. Levantando un poco, tomé sus manos y lo animé a agarrar mis caderas.
—Vas a querer agarrarte para esto —susurré, y me senté sobre él.
Suspiramos al mismo tiempo, la sensación de él dentro de mí una vez más fue increíble. Arqueé mi espalda y flexioné las caderas experimentalmente… una vez… dos veces… una tercera vez.
Realmente era verdad lo que decían acerca de montar una bicicleta.
Mi cuerpo lo recordó con rapidez.
Con el maldito delantal montando detrás de mí, empecé a moverme encima de Pedro, sintiendo como se movía dentro de mí, respondiendo y recompensando, empujando y nunca cediendo.
Conducíamos, empujábamos, y nos movíamos juntos, en realidad nos movíamos un poco por el piso de la cocina. Se sentó debajo de mí, moviéndose más profundo mientras yo gritaba. Tenía las manos salvajemente en su pelo. Estaba de pie con mis dedos mientras se apoderó, anclándome a mí misma cuando cerré los ojos y comenzó.
Inició la larga marcha al borde del acantilado.
Podía ver el borde, muy por encima de las aguas embravecidas.
Cuando me asomé por el borde la vi. O. Ella me saludó, buceo arriba y abajo sobre el agua como un delfín sexual.
Pequeña zorra astuta.
Pedro estaba besando mi cuello, lamiendo y chupando mi piel, dejándome loca.
Metí un pie sobre el borde, los dedos de mis pies apuntando
directamente a ella, posicionando mi tobillo y agitando pequeños círculos en su dirección.
Pequeños círculos.
Empujé a Pedro de nuevo al suelo, tomé su mano con la mía, y la llevé entre mis piernas. Lo monte duro, presionando mis dedos contra los suyos, mis gritos eran cada vez más fuertes a medida que aceleró nuestro balanceo, tanto de nosotros, en sintonía y ahí mismo. Justo
ahí. Ahí, ahí, ahí… ahí mismo…
—Paula, Jesús, tú… eres… increíble… te… amo… demasiado… me… estás… matando.
Y ese era el extra que necesitaba.
En mi cabeza, di un paso atrás, y luego me zambullí. No salté. Me zambullí. Ejecuté un salto del ángel perfecto, muchas gracias, directo al agua. Limpia y verdadera, me agarré a ella y no la solté cuando me metí en el agua.
O había regresado.
Un ruido blanco llenó mis oídos mientras mis dedos de los pies y mis dedos dieron las buenas noticias. Se estremecieron, pequeñas chispas de energía girando arriba y hacia fuera, conduciéndose a través de cada nervio y cada célula que había estado muriendo de hambre durante meses. Estas células le dijeron a las otras células,
comunicando a su hermanas que algo fantástico estaba sucediendo.
El color explotó detrás de mis párpados, estallando en pequeños brillantes fuegos artificiales mientras la sensación seguía extendiéndose por todos los rincones de mi cuerpo.
Puro placer me atravesó y caí encima de Pedro, que colgaba encima de todas las cosas.
No sé si el pudo ver el coro de ángeles cantando cosas sucias, pero no importa. Pude. Y esa fue la definición de felicidad.
O volvió, y trajo amigos.
Ola tras ola se estrelló contra mí mientras Pedro y yo seguimos presionando y girando, arqueándonos en cada uno de ellos. Mi cabeza estaba echada hacia atrás mientras continuaba gritando, no me importaba quien o que podría escucharme en mi propia Casa del Orgasmo.
Abrí mis ojos para ver a Pedro debajo de mí, frenético y feliz, la sonrisa grande se quedó conmigo a pesar de todo, su gran esfuerzo atravesaba su cara llena de harina y su pelo convertido en una pasta poco maravillosa.
Él se estaba convirtiendo en papel maché.
Aún seguía adelante, pasando por la tierra de los múltiplos y a una especie de tierra de nadie. Al pasar seis y siete, mi cuerpo volvió cojeando en éxtasis.
Pero O trajo a otro amigo más. Trajo a G, el Santo Grial.
Tartamudeando como idiota, me agarré de Pedro, sosteniendo mi vida en ello como si fuera una gran ola de amor y me golpeó como una tonelada de ladrillos. Sintiendo que necesitaba ayuda para este, Pedro se sentó, posicionándose mejor aún. Encontró un lugar profundo adentro, oculto para la mayoría, y se inclinó hacia mí, conduciendo una y otra vez mientras contenía mi aliento y me colgué con fuerza.
Finalmente abrí mis ojos, viendo las chispas de luz alrededor de la habitación mientras el oxígeno se apresuró a regresar a mi sistema.
Balbuceé incomprensiblemente en su pecho mientras él se mecía en mí una y otra vez, encontrando finalmente su asombroso lugar dentro de mí
Me aferré a él, sintiendo las olas finalmente retirarse, los dos
temblábamos ahora. A medida que jadeaba, el placer se fue y el amor simplemente se precipitó, llenándome de nuevo.
Mi boca estaba demasiado cansada para moverse. Él me quitó el aliento. Así que hice lo mejor que pude, puse mi mano en su corazón y lo besé en su dulce cara. Él pareció entender, y me besó también. Zumbaba de felicidad.
Zumbar no tomaba mucho esfuerzo.
Completamente agotada y exhausta, cubierta de sudor pegajoso, me recosté en sus piernas, sin importarme un poco como retorcida y ridícula me veía mientras las lágrimas corrían por los lados de mi cara y en mis oídos. Sintiendo que no era la posición más cómoda para mí, Pedro se movió debajo de mí y me ayudó a enderezar las piernas mientras me acunaba en sus brazos en el suelo de la cocina.
Nos quedamos en silencio, sin hablar por un rato. Me di cuenta que Olaf estaba sentando en el umbral de la habitación lamiendo sus patas en voz baja.
Todo estaba bien.
Cuando el movimiento parecía posible, traté de sentarme, la
habitación daba vueltas un poco. Pedro mantuvo su brazo alrededor de mí mientras evaluaba la situación, los cuencos y botellas volcadas, el pan disperso, el caos que era mi cocina. Me reí en voz baja y me di vuelta hacia él. Me miró con ojos alegres.
—¿Deberíamos limpiar esto?
—No, vamos a la ducha.
—Bueno.
Soné mi espalda como una anciana, haciendo una mueca por el buen dolor que mi cuerpo sentía. Comencé por el baño, luego cambié de dirección, dirigiéndome a la nevera.
Tomé una botella de Gatorade y se la lancé. —La necesitarás. —Le guiñé un ojo, levantando mi delantal en el camino a la ducha. Ahora que O estaba de vuelta, no tenía tiempo que perder para convocarla de nuevo.
Mientras Pedro me seguía al baño, tomando un trago de Gatorade,Olaf de repente se dejó caer al suelo, rodando sobre su espalda.
Pedro se arrodilló junto a él, con cautela extendió una mano.
Guiñándome un ojo —juro por Dios que lo hizo— Olaf se movió más cerca. Sabiendo que esto podría ser una trampa, Pedro se inclinó con cautela y tocó la piel de su vientre. Olaf lo dejó. Incluso escuché un ronroneo.
Dejé a los dos chicos solos por un momento y fui a encender la ducha, así podría calentarse. Finalmente conseguí deshacer el nudo del delantal y fue capaz de abandonar el suelo. Me metí bajo la ducha, gemí al sentir el agua caliente golpeando todavía mi sensible piel.
—¿Vienes? Porque estoy segura que sí —lo llamé desde la punta de la ducha, riéndome por mi propia broma. Un momento después, Pedro se asomó por la esquina de la ducha para verme desnuda y cubierta de burbujas. Sonrió como el diablo mientras entraba. Jadeé al ver diez diminutos pinchazos en la espalda, pero el se rió.
—Estamos bien. Creo que nos hicimos amigos —aseguró, tirando de mí contra él y uniéndose al agua.
Suspiré, relajada. —Esto es bueno —murmuré.
—Seh.
El agua caía a nuestro alrededor. Estaba en los brazos de mi Pedro, y no podía haber nada mejor.
Se apartó un poco, con una pregunta en su cara. —¿Paula?
—¿Hmm?
—Es alguno del pan que tiré al suelo…bueno…
—¿Si?
—¿Es alguno pan de calabacín?
—Sí, Pedro, era pan de calabacín.
Había silencio otra vez, excepto por el agua.
—¿Paula?
—¿Hmm?
—No pensé que pudiera amarte más, pero creo que lo hago.
—Estoy feliz, Pedro. Ahora dame un poco de azúcar.
CAPITULO 53
Estupefacta, yo me quedé con la boca abierta mientras él se dirigía más hacia la habitación para contemplar la comida horneada. El revolvió el azúcar e hizo una pausa para deslizar un dedo a través de un recipiente recubierto con chocolate derretido. Suspiré pesadamente mientras regresaba al mostrador para enfrentarme a él y la música cuando saqué una bola de masa de otro recipiente del
que se estaba saliendo.
¿Cómo él lo sabía? ¿Cómo iba a decirle? Yo pasé y amase la masa la masa - un brioche esponjoso y pegajoso – haciendo que mi cara ardiera. Pensé que había actuado bastante bien. Me atreví a mirarlo mientras lamía el chocolate de su dedo, sus ojos cada vez más preocupado por mi amasar pensativo que se estaba convirtiendo en
perforador. Solté mi frustración con la masa brioche mientras reflexionaba una vida con menos O. Maldita sea.
Con su dedo limpio ahora, apartó un mechón de pelo detrás de mi oreja mientras yo continuaba golpeando/amasando y dándole vueltas. Hice una mueca cuando él me tocó, la gloriosa imagen de él estando encima de mí era imposible de ignorar.
-¿Vamos a hablar sobre esto?-, preguntó en voz baja, metiendo su nariz en mi cuello. Me apoyé en su cuerpo por un escaso segundo, entonces me sorprendí a mí misma.
-¿Qué hay que hablar? Ni siquiera sé de qué estás hablando. ¿Estás delirando por el cambio de hora?-, Le dije alegremente, evitando sus ojos mientras me preguntaba si podía sacar esto adelante. ¿Podría convencerlo de que estaba loco? Dios maldita sea, ¿cómo lo supo?
-Chica traviesa, vamos. Habla conmigo-, el me pincho, acariciando mi cuello. -Si vamos a hacer esto, nosotros necesitamos hablar el uno con el otro.
¿Hablar? Claro, yo podría hablar. El seguramente debe saber lo que se va a llevar estando conmigo, condenada a vagar por el planeta sin un O para el resto de mi vida. Cogí la masa una vez más y la lance contra la pared. Se escurrió y rodó hacia abajo, pegajosa como esas cosas espeluznantes con las que yo solía jugar cuando era una niña.
Me volví hacia él, con la cara todavía roja, pero más allá de cuidadosa ahora.
-¿Qué iba a ser eso?-, el preguntó con calma, señalando a la masa.
-Brioche. Iba a ser brioche-, le respondí rápidamente, con un tono frenético.
-Apuesto a que hubiese estado bueno.
-Es mucho trabajo, casi demasiado.
-Podríamos intentarlo de nuevo. Yo estaría encantado de ayudar.
-No sabes a lo que te estás ofreciendo. ¿Tienes alguna idea de lo complicado que es? ¿Cuántos pasos hay? ¿Cuánto tiempo puedes tardar?
-Las cosas buenas vienen a aquellos que esperan.
-Cristo, Pedro, no tienes ni idea. Yo quiero esto tan mal,
probablemente incluso más que tú.
-Ellos hacen picatostes de ella, ¿verdad?
-Espera, ¿qué? ¿De qué diablos estás hablando?
-Brioche. Es como una especie de pan, ¿no? Hey, deja de golpear la cabeza contra el mostrador.
El granito se sentía frío contra mí derrotada, piel caliente, pero me golpeé con menos fuerza cuando oí un borde de pánico en su voz.
Él lo sabía, y él todavía estaba aquí. Él estaba aquí en mi cocina en ese jersey azul de North Face, que hacía que sus ojos zafiros se vieran ahumados y todo su cuerpo se veía tierno y cálido y sexy y viril y eso me pateaba en la cabeza magníficamente. Y aquí estaba yo, cubierta de miel y pasas, golpeando mi cabeza contra el mostrador después de matar a mi brioche.
Matar a mi brioche. ¡Qué gran nombre para un enfoque, Paula!
Mi maldito corazón estaba tan cerca de saltar fuera de mi pecho cuando lo vio en la puerta. LP seguía cerca, apretando involuntariamente a la vista de él. Mi mente se había cerrado en estado de shock y la negación por un momento, pero ahora estaba analizando la situación e inclinándose hacia él anunciándolo como un candidato digno, teniendo en cuenta el tiempo y la distancia que se había tomado en descubrir la causa de mi preocupación. Mis agallas se enderezaron ahora, sabiendo innatamente que la postura correcta creaba un mejor aspecto, ¿podía culparla a ella? Los nervios... revoloteaban.
¿Por qué? ¿Por qué? Él quiere saber el por qué. Lo examiné entre mi flequillo... ejem... y vi que él estaba preocupado. Al igual que yo, mi cabeza estaba empezando a doler. Estaba cansada, abrumada, y sin orgasmos. ¿Y con un toque alegre y despreocupado?
Después de la explosión anterior, me levanté, entonces me moví un poco a la izquierda. Conseguí equilibrio, tome aire, y lo deje salir.
-¿Quieres saber por qué?
-Me gustaría. ¿Has terminado de golpearte?
-Dios lo bendiga, no más golpes. Bueno, por qué. ¿Por qué? Aquí va...- Yo me pasee en un círculo cerrado, esquivando las chispas de chocolate y las nueces que se habían congregado cerca de la barra en el suelo. Espié a Olaf en la esquina, golpeando un par de nueces de ida y vuelta entre sus patas. Frutos secos en todo el piso, nueces en mi cabeza. Correcto. -¿Sabes algo de pizzerías, Pedro?
Para su gran reputación, el me escucho. Escuchó mientras yo seguía y seguía, rodeando la isla de la cocina mientras yo despotricaba y me enfurecía. Apenas podía entenderlo yo misma: -Weinstein... una noche… ametralladora se fue... de noche... Jordan Catalano... Ni siquiera Clooney... pausa... Oprah ... solo... soltera... Ni siquiera Clooney!... Jason Bourne... casi Clooney... El camisón rosa... golpes...
Después de un rato se veía tan mareado que yo estaba empezando a sentirlo. Pero yo estaba decidida a todo. Trata de agarrarme cuando paso a su lado, pero yo esquivo sus manos, casi deslizándome en un parche de nueces trituradas, que había aplastado aún más con mi circuito. Yo había llevado una trayectoria a través del desorden.
Hice una última pasada, esta vez murmurando: -Cuento de hadas español con gambas-, cuando me tropecé con un molde para muffins y caí en sus brazos.
Él me abrazó, respirando en mí, besando mi frente. -Paula, nena,tienes que decirme lo que está pasando. ¿El murmullo? Es lindo y todo, pero no se llega a ninguna parte.- El apretó las manos en la parte baja de mi espalda, sosteniéndome a su lado. Me aparté un poco, resistiéndome a sus brazos, y lo miró fijamente a los ojos.
-¿Cómo lo sabes?-, Le pregunté.
-Vamos, a veces los chicos lo sabemos.
-No, de verdad. ¿Cómo lo supiste?-, Le pregunté de nuevo.
Me besó en la nariz suavemente. -Porque de repente, no eras mi Paula.
-Lo fingí, porque no he tenido un orgasmo en mil años-, declare eso de manera natural.
-¿Cómo?
-Voy a atravesar el pasillo hasta la puerta y le voy a dar una patada ahora-, suspiré, alejándome y revolviendo el azúcar.
-Espera, espera, espera, ¿qué? ¿Tú no has tenido un qué? -Él agarró mi mano y me volví hacia él, con todo lo que fuera con la puerta abierta.
-Un orgasmo, Pedro. Un orgasmo. El gran O, el clímax, el final feliz. No hay orgasmos. No para esta chica camisón. Carlos Weinstein me puede dar un descuento del cinco por ciento cuando quiera, pero a cambio, él tomó mi O. -Yo sorbí las lágrimas que llegaban ahora a mis ojos.- Así que tu puedes regresar a tu harén. ¡Voy a entrar a un convento muy pronto! -Grité, rompiendo finalmente la presa.
-¿Un convento? ¿Qué? Ven aquí, por favor. Mueve tu espectacular culo hasta aquí. -Él me sacó de mala gana de la cocina y me envolvió en sus brazos. Él me mecía mientras yo dejaba escapar sollozos y lamentos ridículos.
-Eres tan... tan... bueno... y yo no puedo... no puedo... eres tan bueno... en... la cama... y en todas partes... y no puedo... no puedo... Dios... Eres tan caliente... cuando viniste... tan caliente... y volviste a casa... y mate a mi brioche... y yo... yo... creo que... Te amo.
Pare totalmente. Respire. ¿Qué acabo de decir?
-Paula, hey, deja de llorar, niña hermosa. Mi mente está
procesando la última parte, ¿puedes repetirla para mí?
Le había dicho a Pedro que lo amaba. Mientras mis mocos mojaban su North Face. Aspiré su olor, entonces me aparte de él y me dirigí a la pared para despegar la masa pegada allí. Los nervios volvieron a la vida, por una vez, trabajando por nosotros. ¿Podría cubrirlo? ¿Podría
reponerlo?
-¿Qué parte?-, Le pregunté a la pared y Olaf, que había dejado de jugar con sus nueces para escucharme.
-Esa última parte-, le oí decir con voz fuerte y clara.
-¿Maté a mi brioche?- Digo yo.
-¿De verdad crees que esa parte es la que te estoy preguntando?
-Um, ¿no?
-Vuelve a decirlo.
-No quiero.
- El brioche está realmente bueno, cuando no es con sabor a pared,-solté, mi agotamiento mezclado con mi confesión de un zumbido extraño. De hecho, sentí un poco de alivio.
-Date la vuelta, por favor-, pidió, y así lo hice. Se apoyó en el
mostrador, estirando su North Face. -Estoy un poco desfasado, así que un resumen rápido, si puedo. Uno, parece que tú has perdido tu orgasmo, ¿no?
-Sí-, murmuré, mirando como él se quitó el North Faces suave, arrojándolo sobre el respaldo de una de mis sillas.
-Dos, el brioche es realmente difícil de hacer, ¿no?
-Sí,- susurré, incapaz de mirarlo. Por debajo del North Face había una camisa blanca abotonada. ¿Cómo era lo suficiente bueno por sí mismo, pero a la par él lo hacía de forma tan lenta y metódica, enrollando las mangas? Fue fascinante.
-Y tres, ¿crees que me amas?-, preguntó, su voz profunda y gruesa, como la melaza y la miel y todas las cosas afgano-manta, no el país.
-Sí,- dije en voz baja, sabiendo que era cien por cien la verdad. Me encanta Pedro. Grande y gigante.
-¿Crees, o lo sabes?
-Lo sé.
-Bueno, ahora. Eso es algo a considerar, ¿no?-, Respondió, sus ojos bailando mientras se acercaba. -Realmente no tienes ni idea, ¿verdad?- Él extendió sus manos a lo largo de mi clavícula, rozando sus pulgares a través de las cimas de mis pechos.
Mi respiración se aceleró, mi cuerpo volviendo a la vida, a pesar de mí misma. -¿No tengo ni idea de qué?-, Murmuré, permitiendo que él me presionara contra la pared.
-Cómo tu me posees totalmente, Chica Traviesa,- dijo él, inclinándose para susurrar esta parte en mi oído. -Y sé que te amo lo suficiente como para que tu tengas tu final feliz.
Y entonces él me dio un beso-mi corazón estaba en el cielo-me besó como si fuera un cuento de hadas, a pesar de que en este cuento de hadas tenía la masa pegada en mi espalda y un gato con un pawful de frutos secos. Pero eso no me impide besarlo de nuevo, como si mi vida dependiera de ello.
-¿Sabías que empecé a caer por ti la noche en que golpeaste a mi puerta?-, preguntó, besando mi cuello. -¿Y que tan pronto como empecé a conocerte, yo no estuve con alguien más?
Di un grito ahogado. -Pero pensé, quiero decir, yo te vi con-
-Yo sé lo que tú pensaste, pero es la verdad. ¿Cómo iba a estar con alguien más cuando me estaba enamorando de ti?
¡El me amaba! Pero espera, ¿qué es esto? Él estaba retrocediendo... ¿a dónde se dirigía?
-Y ahora, voy a hacer algo que nunca pensé que haría.- Él suspiró tristemente, mirando los montones de pan sobre la mesa. Con un profundo suspiro y una mueca, de un solo golpe tiro todo al suelo. El pan llovió en cubiertas con el papel de aluminio alrededor de nosotros, y yo no puedo estar segura, pero creo que oí un pequeño gemido escapar de él mientras veía como caían al suelo. Pero luego se volvió hacia mí, con los ojos oscuros y peligrosos. Me agarró y me puso en la mesa delante de él, empujando mis piernas que se interponían entre los dos.
-¿Tiene usted alguna idea de lo bien que lo vamos a pasar?-, preguntó, deslizando sus manos dentro de mi delantal, tibias y un poco ásperas contra mi barriga.
-¿Qué estás haciendo?
-Un O se ha perdido, y yo soy un tonto por los desafíos.- Él sonrió, tirando de mí hacia el borde de la mesa y acomodándome contra él.
Con las manos detrás de las rodillas, envolvió las piernas alrededor de su cintura, besándome otra vez, sus labios y su lengua estaban calientes y persistentes.
-No va a ser fácil. Ella está bastante perdida-, protesté entre besos, preocupándome en abrir sus botones y dejando al descubierto su bronceado español.
-Ya lo he hecho fácilmente.
-Tú deberías imprimir eso en tarjetas.
-Imprimir eso - ¿por qué tienes todavía puesta la ropa?
Él me puso al otro lado de la mesa mientras yo le sonreía.
Mi pie golpeó el tamiz de harina y lo envié estrellándose contra el suelo, llenándonos de polvo en el proceso. El pelo de Pedro parecía una galleta, con polvo e hinchada. Tosí y una nube de harina salió, por lo que Pedro se rió a carcajadas. La risa se detuvo cuando me agaché sobre él, encontrándolo difícil, sin embargo, que el todavía estaba cubierto de tela vaquera. Él gimió, mi sonido favorito en el mundo.
-Joder, Paula me encantan tus manos sobre mí-, dijo entre
dientes, metiendo su boca a mi cuello y dejando un rastro de besos al rojo vivo a través de mi piel. Su lengua se deslizó hacia fuera a través de mí, debajo del borde de la plataforma. Sus manos rápidamente encontraron el borde de mi camiseta, y salió volando por la habitación, cayendo en el fregadero de la cocina. En cuestión de segundos, un par de pantalones cortos lo siguieron, seguido rápidamente por un par de jeans y una camisa de botones.
¿El delantal? Bueno, teníamos un pequeño problema con eso.
-¿Eres un marinero? ¿Quién ató el nudo, Popeye?- El hervía, luchando para conseguir deshacerse de él. En su lucha, se las arregló para golpear un plato de mermelada de naranja glaseado, que ahora caía por la mesa hacia el suelo. Mi contribución fue con una caja de pasas mientras estiraba mi cuello tratando de ver el nudo detrás de mí.
-Oh, atornille el delantal, Pedro. Mira aquí-, insistí, rompiendo el frente de mi sujetador y arrojándolo al suelo.
Bajé la parte superior de la plataforma, organizando y apoyando mi escote. Miró a mis ahora desnudos pechos y fue a matar. Me empujo de vuelta más o menos sobre la mesa una vez más, con la boca insistente ahora arrastrándose hacia abajo al cuello, atacando a mi piel como si le hubiera hecho algo personal a él y él estaba cobrando su venganza. Y una era lujuriosa venganza.
Mojo su dedo en el charco de mermelada, trazó un camino de un pecho al otro, haciendo círculos y presionando la cosa pegajosa en mi piel. Inclinó la cabeza, probó uno, luego el otro, los dos estábamos gimiendo al mismo tiempo.
-Mmm, tu sabes bien.
-Me alegro de que no estuviera haciendo alitas de pollo. Esta podría ser una historia diferente-wow, esto es bueno.- Suspiré cuando respondió a mi pequeño gemido con una mordedura real.
-Se trataría de un picante extra.
Se echó a reír cuando yo rodé los ojos.
-¿Quieres que te consiga un poco de apio para que te enfríes?-, Le pregunté.
-Nadie se está enfriando en este apartamento, no en este corto plazo-, prometió, cogiendo la jarra de miel del mostrador cercano y tirando a un lado mi delantal. Sin perder un segundo, el consiguió que mi ropa interior estuviera mojada. Y no en la forma que tú piensas, aunque eso no era...
Mientras observaba, él vertió la miel por todo mi cuerpo, cubriendo mi ropa interior y haciéndome chillar. Él dio un paso atrás para admirar. -Mira eso, esta todo arruinado. Vamos a tener que quitarlos-, dijo mientras se acercaba de nuevo. Yo lo detuve con un pie de mermelada.
-Tu primero, Mr. Man-, Instruí, asintiendo con la cabeza en sus bóxers cubiertos de harina. Él arqueó una ceja y se bajó los calzoncillos. De pie desnudo en mi naufragio de cocina, el era increíblemente lindo.
En ese instante, el corazón, el cerebro, la espina dorsal, y LP estaban alineados en un lado del patio de recreo.
Hicieron señas a los nervios,ondeando sobre ella como un juego de Red Rover. Miré a Pedro, desnudo y harinoso y perfecto, y suspire con una sonrisa gigante. Los nervios por fin, gracias a Dios, salieron corriendo otra vez, y finalmente nosotros estábamos en la misma página.
-Yo te quiero tan jodidamente, Pedro.
-Te amo demasiado, Chica camisón. Ahora quita tus bragas y dame un poco de azúcar.
-Ven a por ellas-, me reí, sentándome y deslizando mis bragas por mis piernas que goteaban miel. Se las tiré a él, y golpearon su pecho con un fuerte porrazo, la miel goteaba por todas partes.
-Vamos a necesitar una ducha tremenda después de todo esto-, comenté mientras me envolvió en sus brazos pegajosos.
-Eso será cuando nosotros hayamos acabado.- Él sonrió, me recogió y me llevo a la habitación, mi cuerpo estaba alineado con el suya, sólo el delantal entre nosotros. Y eso no nos iba a mantener separados durante mucho tiempo.
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